sábado, 26 de noviembre de 2016

TEATRO // EL CARTÓGRAFO, VARSOVIA 1:400.000 DE JUAN MAYORGA

OPINIÓN: Si hubiera una enfermedad llamada incontinencia teatral, nosotros la padeceríamos. Cuando compramos las entradas para la representación de Ávila, todavía no había (o no conocíamos) las fechas para las representaciones de El Cartógrafo en Madrid y, además, no queríamos esperar. 
Ver una obra de Mayorga supone una vivencia intensa porque las escenas son patadas que te golpean, bien la cabeza bien el corazón llevándote a la implicación en la vivencia del espectáculo teatral tanto a nivel intelectual como emocional.
 El puzzle temporal de El Cartógrafo funciona como un mecanismo de relojería que nos lleva al gueto de Varsovia donde un cartógrafo y una niña (¿de leyenda?) desarrollan sus mapas; luego nos encontramos con esa misma niña a los treinta y siete, a los cincuenta (Varsovia comunista) y a los setenta años; todo ello partiendo de lo que podría ser la actualidad en la que Blanca inicia su búsqueda tras el conflicto interior que se desencadena (supuestamente) al ver unas fotografías. 
El asunto del holocausto está fuera de toda duda y Mayorga huye de maniqueísmos fáciles para explorar ese gueto a través de la intrahistoria de pequeños personajes que lo vivieron, usando el mapa que el cartógrafo y la niña crean como arma de exploración. Una vez más Mayorga nos mete el gol desde el corner y ataca el problema desde el margen, desde pequeños personajes de la historia que nos llevan de lo particular a lo universal 
¿De qué nos habla el autor? Las obras de Mayorga son un magma de temas. Uno de ellos, recurrente en el dramaturgo madrileño,  es el de la construcción y delimitación de la realidad así como su manipulación. Definitio est negatio. La identidad de los personajes, por lo tanto, está cuestionada en esa realidad.
El trabajo de los actores nos ha fascinado. La creación de los diferentes personajes que cada uno representa a través de la modificación de la voz y de pequeñas actitudes gestuales nos ha dejado la boca abierta. 
Que el personaje que venía interpretando Blanca Portillo lo interprete García-Pérez en un momento dado hizo sonreír a mi intelecto, brillante la transición. Que en un momento en el que teníamos a una niña sobre el escenario -con nuestra incredulidad suspendida- la actriz se yerga y nos diga que hay una parte que no pueden representar, que la van a leer, es un golpe a lo más emocional del espectador. La interpretación de García-Pérez del "textazo" sobre las avalanchas... sublime.

El Centro de Congresos y Exposiciones de Ávila no es un buen sitio para ver teatro. Las tres primeras filas no tienen caída y a nosotros, que estábamos en la tercera fila, las cabezas de otros espectadores nos tapaban mucha visión del escenario, que estaba prácticamente a la altura de nuestras cabezas. Los teatros que nos gustan son aquellos en los que el escenario está siempre por debajo del público y puedes ver todos los elementos que pueblan la escena; además somos de teatros pequeños (Cuarta Pared, Teatro del Barrio y nuestra añorada Guindalera, por ejemplo). 

Te levantas a las seis y media, vas a trabajar. Sales -por fín- hacia Ávila, hay mucho tráfico en sentido contrario, el Black Friday hace estragos en todos los sentidos. Nieve en Guadarrama, frío en la muralla. Ávila está bonito, tomamos un chocolate para entrar en calor y, muertos de sueño,  frío -a pesar del chocolate- y cansancio, nos vamos al teatro. Tenemos la suerte de coincidir en el vestíbulo con el autor. Dos horas y media de función; salimos del teatro sin frío ni cansancio, volvemos a Madrid, nieve en Guadarrama. Lo de la incontinencia teatral debe de existir, acabamos de comprar entradas para el próximo viernes; Hamelin, de un tal Mayorga, el hombre del vestíbulo. No se os ocurra morir sin ver una obra suya.

Recomendado para: espectadores que van al teatro para que los golpeen.

El hombre del vestíbulo.